La situación de los refugiados en Europa: ¿vergüenza o culpa?

Como es bien sabido, durante la Guerra Civil española y tras el comienzo de la dictadura franquista, miles de españoles marcharon al exilio, especialmente, aunque no en exclusiva, a Iberoamérica, donde fueron acogidos sin reparos. Al exilio también se marcharon portugueses para zafarse de la dictadura salazarista, griegos que trataban de huir de la “dictadura de los coroneles” y, décadas antes, alemanes que huyeron del nazismo, italianos del fascismo, rusos del estalinismo, judíos de diferentes nacionalidades europeas,… En suma, el exilio ha sido el camino al que se han visto abocados cientos de miles de europeos en los últimos 90 años.

Ahora no hay dictaduras ni guerras civiles en Europa Occidental sino un conjunto de Estados con un nivel económico y una estabilidad política que resultan quiméricos en, por citar algunos países, Somalia, Siria, Afganistán o Irak. Y esos países europeos están inmersos en un proceso de integración que pretende trascender el ámbito económico y comercial y adquirir una dimensión política y ciudadana: la Unión Europea, cuya Carta de Derechos Fundamentales proclama en su Preámbulo que esa Unión está “fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho”. Como colofón, y por lo que respecta a lo que aquí nos ocupa, en el artículo 18 se garantiza el derecho de asilo dentro del respeto de las normas de la Convención de Ginebra de 28 de julio de 1951 y del Protocolo de 31 de enero de 1967 sobre el Estatuto de los Refugiados y de conformidad con el Tratado de la Unión Europea y con el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, y en el artículo 19 se prohíben las expulsiones colectivas de personas extracomunitarias. Pues bien, a la vista del acuerdo firmado por el Consejo Europeo con Turquía, que permite devolver a este país a todos las personas que entren sin permiso en las islas griegas, la Carta de Derechos Fundamentales, la Convención de Ginebra sobre los refugiados y las Constituciones de los Estados miembros, singularmente la española, parecen simple papel mojado.

Pero lo que resulta de todo punto insoportable son las condiciones en las que llegan a Grecia, en plena Unión Europea, las personas que quieren solicitar asilo: según el informe “Lesbos, zona cero del derecho de asilo”, elaborado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), pagan a las mafias unos 2.000 euros por el trayecto entre Ayvalik (Turquía) y la isla griega de Lesbos; los chalecos salvavidas se consideran un ‘extra’ y por tanto tienen un precio aparte. Si ese mismo viaje se hace en un ferry oficial cuesta 5 euros. Los que sobreviven a la travesía son recibidos por grupos de voluntarios, quienes organizan un pequeño campamento provisional, con mantas para la atención de emergencia pues es frecuente que aparezcan cuadros de hipotermia debido a las bajas temperaturas del trayecto. Una vez en territorio griego, no hay constancia de que se ofrezca la debida asistencia legal a las personas, ya sea para solicitar asilo, para acogerse al programa de reubicación, para pedir una reagrupación familiar o, más grave aún, en los procesos de expulsión, de manera que las expulsiones se llevan a cabo sin ninguna garantía legal para los refugiados, contraviniendo la Carta de Derechos Fundamentales, los Convenios Internacionales y la reiterada jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que incluye varias condenas al Estado griego por no respetar la prohibición de expulsiones colectivas incluida también en el Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Pero Grecia no es desde luego el único Estado que tendría que ser culpabilizado de esta situación: España, por ejemplo, se comprometió hace seis meses a acoger a 16.000 de las personas que siguen acampadas en Grecia e Italia; pues bien, según datos oficiales del Gobierno hemos acogido 18; es decir, el 0,1%.

Y esta situación se debe, según las organizaciones no gubernamentales que colaboran en el programa gubernamental de acogida –ACCEM, CEAR y Cruz Roja-, no a la carencia de recursos económicos y materiales ni a la ausencia de cooperación de las administraciones autonómicas y municipales, sino a que falta verdadera voluntad política por parte del Ejecutivo, algo común a la mayoría de los gobiernos europeos, pues en toda la Unión Europea el grado de cumplimiento global es del 0,5%.

Ante todo ello la palabra que nos viene a la boca es vergüenza –de hecho, el pacto entre la Unión Europea y Turquía ha sido calificado como “Acuerdo de la vergüenza”- pero convendría ir algo más allá: la vergüenza está relacionada con algo que nos disgusta de nosotros porque se percibe socialmente como reprobable pero no implica, en todo caso, un daño a los demás; por eso se habla de “tapar la vergüenza”. La situación de los refugiados en Grecia tendría que generarnos culpabilidad, que es un sentimiento de dolor por el daño causado a otros, y su remedio no consiste en ocultar el mal ocasionado sino en repararlo. De eso se trata, de poner fin de una vez a un estado de cosas intolerable en el plano moral, social, político y jurídico.

2 pensamientos en “La situación de los refugiados en Europa: ¿vergüenza o culpa?

  1. La migración, por las múltiples razones en las que se basa, ha existido desde que, al parecer, los primeros homínidos decidieron salir de África. Es, entonces, un movimiento que podríamos considerar natural en su origen. Los cambios sociales y económicos que han favorecido a unas naciones, incluso en detrimento de otras, han fomentado en la conciencia humana, un cambio básico en la apreciación acerca de qué o quiénes son aquellos a los que se debe seguir permitiendo el tránsito libre por las fronteras: se eliminó al ser humano para dar vía libre a las armas, a los capitales, al poder de las empresas transnacionales, etc., los cuales no son sino otros tantos factores de empobrecimiento de las naciones productoras de bienes naturales en beneficio de los países desarrollados. Aunque Kant y Russell soñaron con un gobierno mundial, las organizaciones que pretender tener ese carácter, aunque sea parcialmente, no son sino un remedo de ese sueño, desafortunadamente, porque el ser humano, quizás esencialmente hobbesiano, es lobo del hombre. Toda una distopía.

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