¿De qué nos quejamos?

Un estudio reciente –World Protests 2006-2013– que analiza 843 casos de protestas muestra un aumento constante en el número global desde 2006 (59 protestas) a mediados de 2013 (112 eventos en tan sólo seis meses). Y concluye, entre otras cosas, que si bien la demanda amplia de justicia económica es de gran importancia, el dato que llama la atención es la abrumadora reclamación (en 218 manifestaciones) de una “democracia real”, resultado de la creciente concienciación ciudadana de que los gobiernos y las instituciones parlamentarias no han priorizado a la ciudadanía, de una frustración con los sistemas políticos tradicionales, y una falta de confianza en los partidos en escena, sean de izquierda o derecha.

En este trabajo se insiste en que, coincidiendo con el inicio de la crisis financiera y económica global y su desarrollo, existe un gran incremento de las protestas, especialmente a partir de 2010 con la adopción de las medidas de austeridad en todas las regiones mundiales. El número es mayor en los países de altos ingresos (304 protestas), seguido de América Latina y el Caribe (141 protestas), Asia del Este y el Pacífico (83 protestas) y el África Subsahariana (78 protestas). El análisis de la región de Oriente Próximo y el Norte de África (7) muestra que las protestas también eran predominantes con anterioridad a la Primavera Árabe. En lo que respecta a los disturbios violentos que se han contado en el estudio, la mayoría ocurrieron en países de ingresos bajos (48% de todos los disturbios) y fueron causados, de forma principal, por los aumentos en los precios de la energía y de los alimentos.

protestas20062013

Volviendo a la exigencia de “democracia real”, la misma se manifiesta no sólo en países con gobiernos autoritarios sino también en democracias representativas en las que no se percibe que se escuchen las necesidades y demandas de la ciudadanía. Esta preocupación por la “democracia real” permite conectar los movimientos sociales de los últimos años con los que se desarrollaron entre los años 60 y 70 del siglo pasado, que reivindicaban el aumento del peso de los ciudadanos en detrimento del de las instituciones y los partidos políticos. Si las cosas son así, se habría producido un nuevo cambio en el devenir de esos movimientos, pues, según Pierre Rosanvallon, lo que estaba en juego en los primeros años del siglo XXI eran mecanismos participativos promovidos por los propios Gobiernos y, desde el punto de vista de los ciudadanos implicados en esas experiencias, la centralidad de las instancias representativas es incuestionable.

A la vista de lo ocurrido en España y en otros países en los primeros años de la segunda década del siglo XXI se puede afirmar que se está produciendo un cuestionamiento, sino de la centralidad, sí del funcionamiento de las instituciones representativas y de las formaciones políticas presentes en su seno.

Véase, a título de muestra, la confianza decreciente en el Parlamento español, en los partidos y los responsables políticos, según la Sexta Encuesta Social Europea, analizada  hace unos meses por Carol Galais:

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Ante esta situación, no se trata de que los movimientos ciudadanos ocupen el papel de los partidos, que son, obviamente, organizaciones esenciales para la democracia ni, por otra parte, que esos movimientos tengan que acabar transformándose en un partido político, aunque esta última posibilidad tampoco resulta extraña: el movimiento feminista ha dado lugar, en algunos momentos y lugares, al surgimiento de uno o varios partidos feministas pero ni siempre ha ocurrido tal cosa ni, cuando eso ha sucedido, ha supuesto la desaparición del movimiento; otro tanto podría decirse, por ejemplo, del ecologismo y los partidos verdes;…

Pero sí se trata de que los partidos y las instituciones asuman que han dejado de ser el único ámbito en el que, en palabras del recientemente fallecido Ulrich Beck, se decide la transformación del futuro social y que los movimientos sociales son instrumentos válidos para contribuir a la dinamización de una democracia, que puede calificarse de “inactiva” en buena parte de los Estados avanzados de las primeras décadas del siglo XXI.

Por eso, promover la participación activa de los movimientos sociales puede contribuir a la integración democrática de sectores que se sienten excluidos del sistema y a los que, precisamente, se descalifica como “anti-sistema”. Y es que, siguiendo con la terminología de Rosanvallon, los ciudadanos organizados de esta manera generan una interacción intensa con la esfera política, ejerciendo una democracia de expresión, mediante la que formulan críticas a las actuaciones de los poderes públicos y expresan sus reivindicaciones; una democracia de implicación, a través de conjunto de actuaciones mediante las que estos movimientos se relacionan entre sí para conseguir un entorno común, y una democracia de intervención, relativa al conjunto de actuaciones colectivas que pueden desarrollar para conseguir un sistema político más transparente y participativo, un control efectivo de los principales actores económicos, un sistema tributario equitativo,…

Y todo ello con el objetivo no de “despolitizar” la democracia sino, por el contrario, de “repolitizarla”, de darle más centralidad a lo político y eso implica que progresen, al mismo tiempo, la calidad de la regulación democrática y la atención a la construcción democrática.

Texto publicado en Agenda Pública el 6 de enero de 2015 y en La Nueva España el 17 de enero.

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3 pensamientos en “¿De qué nos quejamos?

  1. Gracias por tu artículo. Es fama que los políticos “se ladran, pero no se muerden”. Creo habría que dar la capacidad a los ciudadanos, reuniendo un número de firmas suficiente, de convocar a cualquier miembro del Gobierno ante el Parlamento y de designar a cualquier persona para que, en nombre de los firmantes, pueda interpelarlo.

    Para mí ese mecanismo sería un ejemplo de democracia de expresión y sería útil en aquellos casos en que el sentir de la ciudadanía indicara que todos los políticos están de acuerdo en esconder los trapos sucios, especialmente ahora que se han puesto tan de moda las comparecencias ante los medios de comunicación, pero sin preguntas. Naturalmente, con ese sistema no estaría garantizada la obtención de respuestas, pero, como dijo alguien: “a veces lo mejor de una sinfonía son los silencios”.

    Como constitucionalista, me gustaría conocer tu opinión al respecto.

    Un cordial saludo,

    José Ignacio Andolz Munuera

    • Muchas gracias José Ignacio. Me parece interesante lo que propones; en algunos Parlamentos autonómicos –los de Andalucía, Canarias y Murcia- se ha reconocido la figura de las preguntas “de iniciativa popular”; es decir, instadas por los ciudadanos y dirigidas al Consejo de Gobierno o a alguno de sus miembros. Deben formularse por escrito a través del Registro General de la Cámara y para que puedan formularse en el Pleno o en Comisión habrán de ser asumidas por algún Grupo Parlamentario. Este último requisito desvirtúa su carácter de iniciativa ciudadana y podría ser obviado si la pregunta en cuestión, además de ser formalmente procedente, va avalada por un número mínimo de ciudadanos, inferior en todo caso al que se exige, por ejemplo, para plantear una iniciativa legislativa autonómica.

      • Muchas gracias. Desconocía lo de las preguntas de iniciativa popular. No obstante, creo que no deja de ser un parche, el efecto informativo y expresivo de las preguntas sería mucho más poderos con la inmediatez de la comparecencia parlamentaria.

        Si queremos un verdadero cambio en el estilo de nuestra política, creo que es necesaria una movilización ciudadana significativa, pero con la menor carga ideológica posible, centrada sobre todo en unos pocos principios que muchos podamos asumir.

        Me permito recomendar la lectura de “Disturbing the peace”, de Václav Havel, donde narra su lucha contra el régimen comunista de Checoslovaquia desde una plataforma ciudadana y me gustaría compartir la reseña de esa obra que hago en mi blog: https://escritodesdelastripas.wordpress.com/2012/10/26/historias-con-intencion-vaclav-havel/

        Un cordial saludo,

        José Ignacio Andolz Munuera

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