Breves apostillas «desde el Derecho» al libro Científico en España. Guía de supervivencia.

Científico en España (@CientificoenEsp) es una cuenta de Twitter que tiene ¡más de medio millón de seguidores! interesados en las “cosas que pasan en el mundo de la ciencia” y quien lleva esta cuenta -muy divertida, amena y crítica- publicó en 2019 un libro muy divertido, ameno y crítico: Científico en España. Guía de supervivencia, texto de imprescindible lectura para quienes pretendan desarrollar una carrera investigadora pero, más en general, para cualquiera que quiera conocer de primera mano cómo funciona -en la medida en que funciona- la investigación en España. En las líneas siguientes, y siguiendo la estructura del libro de Científico en España, me limitaré a comentar, desde mi modesta y limitada perspectiva, las similitudes y diferencias que existen entre el mundo de la “ciencia de laboratorio” y el mundo de la “ciencia jurídica” partiendo, claro, de la premisa de que en el ámbito de las estudios jurídico-sociales también se hace, o se debería hacer, “ciencia” (véase, por ejemplo, este estudio “clásico” de Karl Larenz). 

El Capítulo I -¡Quiero ser científico!- trata de la iniciación a la investigación a partir de ese momento “fundacional” (o no) que es el comienzo de la tesis doctoral, al que se puede llegar “por vocación” (mi amigo, colega y, en estos momentos, Rector de la Universidad de Oviedo, Ignacio Villaverde, sería un ejemplo acabado, pues tenía claro desde primero de Derecho que quería dedicarse a la investigación) o por mera “casualidad” (mi caso). Sea como fuere la motivación, la elección del tema y de la persona que dirigirá la tesis son aspectos cruciales y que influirán de manera decisiva, junto, claro, con el esfuerzo del doctorando, en que ese empeño salga adelante. 

Hasta hace bien poco, en Derecho la dirección de tesis doctorales era, prácticamente, un monopolio de catedrátic@s que, además, solían hacerlo en solitario; en la actualidad no son infrecuentes las codirecciones, incluso entre personas de diferentes universidades, españolas o extranjeras, y esa tarea va siendo asumida por profesorado en diferentes situaciones administrativas aunque sigue habiendo un gran predominio de profesorado “funcionario”.  

Lo habitual también es que quien hace la tesis y quien la dirige sean de la misma universidad y que el segundo haya sido docente del primero aunque encontramos ejemplos, que merecen destacarse, de profesorado que, a través de un proyecto de investigación, abre una convocatoria para seleccionar, a partir de los méritos de quienes se postulen, a personas que quieran hacer la tesis doctoral en el marco de ese proyecto y en esa universidad. 

En mi opinión, tendría que ser el tema de la tesis el que determinara qué persona la dirige pero, creo, lo más frecuente es que se “negocie” primero la dirección y luego se concrete el tema dentro del ámbito de estudio de quien tendrá la dirección (es probable que quien vaya a ejercer la dirección haga «ofertas que no se podrán rechazar»). En todo caso, es extremadamente importante que la materia sobre la que se va a investigar se seleccione de manera muy meditada pues, en el mejor de los casos (que se culmine con éxito la investigación) su estudio llevará mucho tiempo y nos “acompañará”, de una u otra manera, el resto de nuestra vida (al menos de la académica). 

En el ámbito jurídico es cada vez más frecuente que se animen a hacer la tesis (al menos a empezarla) personas que no pretenden, en principio, dedicarse profesionalmente a la investigación, pues ya tienen otra actividad (abogacía, judicatura, fiscalía, notaría, distintos cuerpos administrativos…) y el doctorado se hace “por amor al arte” o por cualquier otra pretensión (es un mérito a efectos de promoción…). En estos casos puede ser fructífero que el objeto de la tesis esté vinculado de alguna manera a la actividad profesional, combinando así el trabajo más teórico de la investigación con el conocimiento práctico que ya se tiene, aunque puede ocurrir que lo que se busca es, precisamente, “huir” de lo que se conoce y dedicarse a otro tema por el mero hecho de investigar sobre él. En estas situaciones se supone que la investigación es una actividad “particular” y quien la realiza no cuenta, a priori, con financiación económica ni aspira a más, que no es poco, que aprender y, en su caso, aportar conocimiento. 

Destaco este tipo de doctorandos porque, en Derecho, pueden ser más numerosos (en el programa de Doctorado en Derecho de la Universidad de Oviedo lo son sin duda) que quienes pretenden convertir la investigación en su profesión; en este último caso, y como muy bien cuenta Científico en España (pág. 27), es fundamental contar con un excelente expediente académico para que, junto con el currículum vitae de quien le dirige, se pueda aspirar con alguna expectativa razonable a conseguir una “ayuda” económica, estatal o autonómica, para sobrevivir durante 4 años (la tan codiciada FPU o Ayuda para la formación de profesorado universitario sería el paradigma), y es que son tan pocas las que se conceden que es fácil que una persona con un buen currículum y un tema de investigación interesante quede al margen del sistema de ayudas públicas y tenga que emplear tiempo y energía en conseguir financiación de entidades privadas o subsistir de otra manera. Es probable que la cosa no mejore, incluso si va muy bien, cuando se finaliza la tesis y con ella la ayuda. 

El capítulo 2 del libro es sobre la vida “en el lab”, que en nuestro caso sería, en el mejor de los escenarios, un despacho -o algún tipo de hueco que haga sus veces- individual o compartido o una mesa (y una silla) en la biblioteca universitaria, biblioteca que ojalá esté centralizada y en ella se pueda acceder directamente a los libros y revistas sin necesidad de andar pidiéndolos para verificar si ese título que parecía tan prometedor va, efectivamente, del tema que nos interesa. Debo decir que la Biblioteca de Ciencias Jurídico-Sociales de la Universidad de Oviedo tiene centralizados y accesibles todos los libros de las diferentes materias y funciona muy bien. 

Una vez “fijado”, todo lo que puede estar al comienzo, incluso muy avanzada la investigación, el proyecto de tesis, la vida no es muy distinta, al menos en apariencia, en Derecho a lo que es en el “laboratorio”: hay que leer muuuuuuuucho -en Derecho libros, artículos de revistas, disposiciones normativas, sentencias de tribunales nacionales, extranjeros e internacionales, otros documentos jurídicos…), recopilar datos e informaciones relevantes, ir escribiendo lo que uno cree que serán textos más o menos “definitivos” (enseguida vienen las rebajas de la dirección), tomar cafés (preferentemente en animada compañía) y, también aquí, procrastinar (preferentemente en animada compañía). 

Una exigencia adicional del mundo jurídico es que no está consolidada una lengua franca, a diferencia de lo que ocurre en muchos otros ámbitos, pues aunque el inglés cobra cada vez más relevancia, los textos a estudiar (libros, artículos, normas, sentencias…) pueden estar en muchas otras lenguas, como el alemán, el francés, el italiano o el portugués, por lo que, además de las actividades antes señaladas, parte de la vida investigadora se va en estudiar y, ojalá, aprender lenguas, siendo, como es bien conocido, unas más “amigables” y rentables a corto plazo que otras, por lo que sería aconsejable saber, antes de asumir un tema de tesis, qué otras lenguas sería conveniente, y hasta imprescindible, conocer. 

Diría, para finalizar este capítulo, que también abunda en el ámbito jurídico la incomprensión que menciona Científico en España por parte de amigos y conocidos sobre el tema de la tesis y, por eso, comparto su consejo: hay que asumir cuanto antes que a NADIE le importa el tema de tu tesis, salvo a quien la dirige y a unos pocos investigadores que estudian un tema parecido. Añado que, asumido eso, se evitarán desilusiones y enfados al constatar que el silencio de los otros ante una perorata sobre la tesis propia tiene más que ver con el aburrimiento que con el sobrecogimiento. 

En el capítulo 3 se habla de los “papers”, expresión ya asumida en España para aludir a los artículos científicos. Como se apuntó antes, los trabajos publicados en revistas científicas son una de las fuentes fundamentales de conocimiento y su lectura ocupa buena parte del tiempo en el día a día académico pero aunque se dedicara todo el día todos los días el tiempo sería poco: en el libro se dice que se publican dos millones y medio de textos de este tipo al año, cantidad que habrá subido notablemente durante la pandemia (no porque hubiera más tiempo para escribir -no lo sé- sino por la ingente cantidad de producción científica que se produjo para, entre otras cosas, tratar de explicar lo que estaba pasando y darle una respuesta desde los distintos ámbitos del conocimiento); como es obvio el campo de estudio está acotado y los trabajos serán muchísimos menos pero incluso así su lectura da mucho trabajo. ¿Soluciones? Afinar mucho para leer los estrictamente necesarios o, al menos, para sin leerlos sacarles el partido adecuado; a este respecto Científico en España nos regala un algoritmo que es para quitarse el sombrero por el conocimiento y divertimento que aporta: 

Algoritmo sobre artículos a leeer

Pero, además de leer, la tesis, por mucha procrastinación que haya, exige escribir y en el ámbito jurídico, habitualmente, no se presenta como un conjunto de artículos sino como un texto único (el “tocho”) que puede ir, a modo orientativo, de las 200 y pico páginas a un montón más (400, 500…), dependiendo de la complejidad del tema, del material empleado, de la creatividad, de la incapacidad para la síntesis… La extensión (hablando siempre en general) se ha ido reduciendo como también el tiempo de finalización (aquí siempre positivos, nunca negativos), aunque lo primero es consecuencia de lo segundo y lo segundo de la necesidad de pasar a otro “nivel” en el tortuoso juego de tronos universitarios: hace años, una vez acabada la tesis, se podía acceder en poco tiempo a la titularidad (léase tranquilidad), con lo que la tesis podía demorarse más tiempo; ahora hay varios escalones: ayudantía, contrato…, que en algunas Comunidades Autónomas tienen otros nombres y, si acaso, se suman a más escalones antes, si es que llega, de la “funcionarización”. 

Pero dejemos de soñar y volvamos a la tesis: siendo necesario escribir, bien sea artículos o el “tocho”, es imprescindible que lo escrito supere el más o menos tupido filtro de quien o quienes dirigen la investigación y eso es un proceso, por utilizar una palabra neutra, “complejo” en que influyen las respectivas personalidades (Científico en España habla de directores paternales, capos, jóvenes, “colegas”, a punto de jubilarse…), expectativas, tiempo disponible… 

El cruce de correos electrónicos con texto enviado y texto revisado permite hacerse una buena imagen de cómo van las cosas. En cualquier caso, es evidente que la tesis es de quien la escribe, no de quien la dirige (ni de quien la juzgará), por lo que no se trata de que prevalezca la opinión de quien la supervisa pero también es verdad que quien la dirige tiene -se supone- conocimientos del tema y un cierto (esperemos que no demasiado) distanciamiento de lo escrito, lo que le permite valorar de manera más “profesional” los avances del trabajo. Aquí Científico en España también nos aporta un gráfico elocuente sobre cómo la calidad del texto varía en función del número de versiones (gráfico que no reproduzco aquí; ¡comprad el libro!). 

Decía antes que en Derecho las tesis no se suelen hacer “por artículos” aunque este formato, tan válido como el “tocho”, empieza a ser más frecuente (o menos raro). En el ámbito científico, y en el libro se explica maravillosamente, hay un problema adicional, y no menor, para las tesis por artículos: en muchas revistas, especialmente las de más calidad (“impacto”), la publicación no solo no supone un ingreso para quien redactó el texto sino que tiene que pagar por ello. ¿Qué me dices? Pues sí, y según se cuenta en el libro, hasta 4.000 euros; no nos extenderemos en esta costosa y delirante cuestión (pagas para que una revista gane dinero con un texto que has escrito tú) pero añadiré un dato para estupefacción de no juristas: en las revistas de Derecho no hay que pagar por publicar (al menos no conozco ninguna que lo exija) y en algunas (españolas) se cobra pero como nada es perfecto -y ya hemos dicho que aquí la mayoría de las tesis suelen ser un texto único y extenso- la eventual publicación de la tesis en una editorial jurídico-social puede estar condicionada a que se financie todo o parte con cargo a un proyecto de investigación o, directamente, apoquinando quien la haya escrito o improbables mecenas (¿pongamos que hablo de 2.500 euros, más o menos?). Y la publicación no es algo trivial (al margen del orgullo de “hablar de mi libro”), pues es un mérito importante para la varias veces citada carrera académica además de una suerte de “presentación” pública. 

El capitulo 4 versa sobre algo que enseguida suscita sonrisas y ojos achispados entre la concurrencia: los congresos académicos para, entre otras cosas, presentar investigaciones (o algo que debiera serlo) y debatirlas. Suelen tener varias sesiones con formato de ponencia o mesa redonda a las que se pueden presentar comunicaciones y también, poco a poco en el ámbito jurídico, pósteres (habituales en congresos de “laboratorio”). Científico nos habla de diferentes “ponencias” (ponentes) arquetípicos y de los no menos clásicos intervinientes en la fase de preguntas y debate (quien quiere lucirse, quien lo lleva todo a su terreno, quien no se ha enterado de nada, quien se ha dormido y, claro, quien hace una aportación muy valiosa). Pero al congreso también se va a conocer gente interesante (académicamente en principio) y para eso se dota a quienes asisten de una tarjeta identificativa, se organizan cafés colectivos, además de comidas y cenas. Coincido con Científico en que se acaban gestando más colaboraciones científicas a las dos de la mañana en un bar que durante las charlas del congreso. 

Dos últimas cuestiones que singularizan a la academia española (sea cual sea el área de conocimiento) y que Científico describe con precisión: a los españoles se nos suele reconocer en un congreso internacional porque nos movemos en grupo (diría que también nos movemos en grupos cuando estamos en congresos nacionales) y porque nos va la vida en conseguir un certificado de asistencia que acredite que, efectivamente, se estuvo allí y eso sirva para convencer a quien financia el viaje (Universidad, Centro de Investigación, proyecto…) de que no ha tirado el dinero o para que lo que se dice en el Currículum Vitae (atención a lo que nos recuerda Científico de que CV normalizado es lo menos normalizado que existe) adquiera, al menos, presunción iuris tantum. Es verdad que cada vez más los diplomas se pueden descargar electrónicamente o se entregan al inicio de las sesiones, lo que abre otras posibilidades de conocimiento en la ciudad que acoge el evento. 

El capítulo 5 es el del último año del doctorado, el período en el que, en la práctica, se suele “fijar” la mayor parte del texto de la tesis en un contexto de frecuentes desarreglos gástricos y problemas de insomnio por la tensión acumulada -¿Cuántas veces te han/has preguntado cuándo acabas la tesis?- y porque siempre surge contingencias o contratiempos inesperados. Entre los desvelos está el ocasionado por cómo se desarrollará el acto de defensa pública -¿me quedaré en blanco? ¿funcionará la presentación que tenía preparada? ¿habrá agua suficiente cuando se me seque la boca? ¿tropezaré con algo?- y hasta dónde llegarán las críticas -¿constructivas?- de quienes forman la comisión que debe juzgarla y darle una nota (aquí recomiendo detenerse en el perfil preciso que nos ofrece Científico de los típicos componentes del “tribunal”). La cosa suele tener un final feliz -en otro caso es mejor poner tierra de por medio- rematado, en principio, con una comida (o cena) en la que el nuevo doctor o doctora conserva una sonrisa extraña y va calculando, aproximadamente, el importe de la factura. 

Dando un largo salto llegamos a la parte final del libro y a lo que Científico en España llama los siete pecados de la ciencia en nuestro país, que él describe muy bien y yo solo enumero: la falta de financiación, el poco interés de la mayoría (no solo de los políticos), la endogamia, la falta de incentivos, la pérdida de talento (fuga de cerebros), la burocracia y la desconfianza en nosotros mismos. Reproduzco la última frase: “hay brillantes científicas y científicos esperando una oportunidad, solo es necesario confiar en ellos”. Ojalá sea así (pero tengo mis dudas y parte de las tuyas, que decía Cuerda).

Muchas gracias Científico en España (@CientificoenEsp).

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