Sobre la importancia de la docencia en las acreditaciones del profesorado universitario.

En las últimas semanas han aparecido en algunos medios de comunicación noticias sobre la denegación, por parte de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación (Aneca), de la acreditación como profesores titulares o catedráticos a docentes de las universidades españolas que presentaban un indiscutible y, en algunos casos, extraordinario currículum investigador; quizá el ejemplo más evidente es el del físico Juan Antonio Aguilar, que figura en el puesto 22 de la clasificación del CSIC de los científicos más citados de España, pero también se han mencionado otros supuestos de “científicos de élite rechazados por la Universidad española”, aunque, en varios de los casos citados, no es que fueran “rechazados” sino que la Aneca, y no las universidades, consideró que no reunían méritos docentes y/o de gestión para obtener la acreditación que permite optar a una titularidad o una cátedra. 

En estas líneas no pretendo ni “justificar” a la Aneca, cuyo proceso de acreditación es, como poco, desalentadoramente burocrático y de escasa transparencia, ni, mucho menos, cuestionar los méritos de quienes se han visto, por utilizar un vocablo ya acuñado, “anecados”; sí quiero recordar la importancia de algo que en las noticias aparece como casi irrelevante y que se despacha como una suerte de exigencia poco menos que estúpida y carente de fundamento: la docencia mínima exigida para optar a estas acreditaciones. 

Pues bien, la Ley Orgánica 6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades, dispone, en su artículo 1.1 que “La Universidad realiza el servicio público de la educación superior mediante la investigación, la docencia y el estudio”; su artículo 31.1 1.que “la promoción y la garantía de la calidad de las Universidades españolas, en el ámbito nacional e internacional, es un fin esencial de la política universitaria y tiene como objetivos:… c) La mejora de la actividad docente e investigadora y de la gestión de las Universidades” y, de modo bien explícito, el artículo 33 (De la función docente) prevé “1. Las enseñanzas para el ejercicio de profesiones que requieren conocimientos científicos, técnicos o artísticos, y la transmisión de la cultura son misiones esenciales de la Universidad. 2. La docencia es un derecho y un deber de los profesores de las Universidades que ejercerán con libertad de cátedra, sin más límites que los establecidos en la Constitución y en las leyes y los derivados de la organización de las enseñanzas en sus Universidades. 3. La actividad y la dedicación docente, así como la formación del personal docente de las Universidades, serán criterios relevantes, atendida su oportuna evaluación, para determinar su eficiencia en el desarrollo de su actividad profesional”. Por su parte, el artículo 68 dispone que, “con carácter general, el personal docente e investigador funcionario de las Universidades en régimen de dedicación a tiempo completo dedicará a la actividad docente la parte de la jornada necesaria para impartir en cada curso un total de 24 créditos ECTS. No obstante, la dedicación a la actividad docente de este personal podrá variar en función de la actividad investigadora reconocida…” 

No cabe, pues, duda jurídica alguna de que el profesorado universitario en España tiene, con carácter general, obligaciones docentes y parte del servicio que debe prestar a la sociedad implica el cumplimiento de dichas “cargas”; quien no pueda o quiera, por las circunstancias que sean, asumirlas tendrá que buscar su encaje en figuras distintas, que también existen en nuestro país, orientadas esencialmente a la investigación, como las que ofrece, por ejemplo, el CSIC. 

Pero es que, además, la docencia que exigen las titulaciones ajustadas al Espacio Europeo de Educación Superior debe ser de una índole bien diferente a la que se venía impartiendo en las anteriores licenciaturas y con una metodología igualmente distinta. Guste o no, el paso de uno a otro modelo implica dejar un sistema eminentemente informativo y pasar a uno formativo orientado a la transmisión de habilidades intelectuales y en el que se trata de enseñar a aprender, no de limitarse a transmitir saberes. Ahora, insisto en lo de “nos guste o no”, al profesorado universitario se le pide que guíe y acompañe a los estudiantes a través de un conjunto de actividades educativas donde la clase presencial es un elemento más para la consecución de una serie de competencias, en las que la comprensión y el manejo de los conocimientos son una parte del programa formativo. 

Y en esta tarea, que lleva no poco tiempo, hay que diferenciar entre todo lo que el profesorado “sabe” y va adquiriendo en su actividad investigadora y lo que debe exigir al alumnado, no tratando que lo segundo se aproxime, en la medida de lo posible, a lo primero, pues no estamos, en los estudios de Grado, para formar investigadores sino profesionales en diferentes ramas, lo que nos obliga, en su caso, a buscar nuevas estrategias y eso exige reflexión y trabajo “docentes”, por lo que también se nos paga. 

En suma, la actividad docente no es algo “menor” o que, con carácter general, quepa arrinconar en aras a la excelencia investigadora; más bien al contrario: en una cantidad adecuada creo, modestamente, que nos hará ser mejores profesores porque nos obligará a estar en contacto con el conjunto de saberes de nuestra materia (en mi caso, el Derecho constitucional) y no solo con aquellas partes sobre las que se investiga; también porque cuando uno tiene que explicar algo debe hacer un esfuerzo previo por entenderlo bien y, finalmente pero no en último lugar, porque en un buen proceso docente aprendemos todos, no solo los estudiantes. Por todo ello, la propia docencia debería estar sujeta a controles mucho más estrictos que los vigentes para que no se convierta, como se denuncia por parte de algunos profesores “anecados”, en una mera acumulación de “horas de vuelo” (en algunos casos gallináceo). 

No estoy muy seguro de que Einstein fuera un buen “docente” ni, mucho menos, de que, de vivir hoy, consiguiera la acreditación de la Aneca pero, según él, «las grandes personalidades no se forman con lo que se oye y se dice, sino con el trabajo y la actividad… con la realización de tareas concretas… y esto vale tanto para aprender las primeras letras en la escuela como para una tesis de doctorado en la Universidad”.

 

5 comentarios en “Sobre la importancia de la docencia en las acreditaciones del profesorado universitario.

  1. Querido Miguel, completamente de acuerdo con tu comentario, ya que exigencias burocráticas aparte (más o menos razonables y transparentes) para ser un buen profesional de la enseñanza no basta a mi juicio con ser el mejor científico o profesional o formar parte de una élite en la acumulación de conocimientos o habilidades, sino que debe estarse capacitado (lo que se puede acreditar también con la docencia) para formar a los demás en la preparación para el ejercicio de actividades profesionales que exijan la aplicación de conocimientos, que, por cierto, es una de las funciones de la Universidad al servicio de la sociedad, según la propia Ley Orgánica 6/2001, de Universidades.
    Muchas gracias, como siempre, por tus comentarios y un abrazo
    Isidro Fernández

  2. Estando de acuerdo en muchas de sus afirmaciones sobre la importancia de la docencia, no sé si la ANECA es el organismo independiente y colegiado que pretende ser. Hay muchas quejas sobre su actividad, tanto en procedimientos como en resultados. Docencia e investigación conforman el perfil del profesorado universitario, ambas son importantes y no se puede desdeñar ninguna. De acuerdo con usted en que si alguien tiene vocación científica únicamente quizás no deba dar clase o deba hacerlo más ocasionalmente desde los centros de investigación, pero no puede ser que los docentes no hagan investigación: eso no es la universidad.
    El concepto ANECA puede ser noble, pero como pasa muy a menudo en España con esta clase de organismos, genera desconfianza. Probablemente sea por sus procedimientos burocráticos enrevesados, por la idoneidad de los que juzgan y por los resultados de esas resoluciones, no lo sé, pero resulta llamativo que los docentes, beneficiarios de tal actividad, estén tan descontentos, salgan con calificación negativa o positiva. Nadie habla bien de la ANECA.

    En cuanto a Einstein, tengo que diferir de su opinión. Mi hija formó parte de un grupo de estudiantes de ESO que fue invitado a la sede de Naciones Unidad durante una semana a debatir con otros estudiantes de todo el mundo. Una de las actividades fue una visita a Princeton. Allí pudieron ver la casa de Einstein y hablar con personas que lo conocieron. Les dijeron que solía dar clases particulares a los niños del vecindario que lo necesitaban.

    • Muchas gracias por su comentario, que me obliga a decir un par de cosas que no han debido quedar suficientemente explicadas en mi texto: en ningún momento sostengo, ni por asomo, que los docentes no hagan investigación en la Universidad; no se puede ser buen profesor si uno no es buen investigador. Por lo que respecta a Einstein no veo que difiera nuestra opinión: no ponga en duda su vocación docente, más bien al contrario y por eso acabo mi comentario con una frase suya. Un saludo muy cordial y gracias de nuevo por participar en este debate,

  3. Pingback: La ANECA y el peregrinaje académico - Agenda Pública

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