Un Tribunal Supremo más republicano (con Brett Kavanaugh).

En un texto de 1 de julio comentamos que, tras la renuncia, el pasado 27 de junio, del juez Anthony Kennedy, que llevaba en el cargo desde 1987, cuando fue propuesto por Ronald Reagan, se le presentaba de nuevo al presidente Trump la oportunidad de presentar un candidato al Tribunal Supremo, algo que ya pudo hacer con éxito con Neil M. Gorsuch, que tomó posesión el 10 de abril de 2017.

En el segundo caso, Trump eligió como candidato a Brett M. Kavanaugh, de 53 años, juez federal del Tribunal de Apelación del Circuito del Distrito de Columbia, que, finalmente, ha sido aceptado por el Senado de Estados Unidos por 50 votos contra 48, con lo que, a partir de ahora, habrá cinco jueces propuestos por presidentes republicanos (John Roberts, Chief Justice -presidente- y Samuel Alito, por George W. Bush; Clarence Thomas, por George H. Bush y los ya citados Gorsuch y Kavanaugh por Trump) y cuatro por presidentes demócratas (Ruth Bader Ginsburg y Stephen Breyer, por Clinton, y Sonia Sotomayor y Elena Kagan, por Obama).

Y este perfil “ideológico” no es trivial si tenemos en cuenta, como se explica en un artículo publicado el 9 de julio en The New York Times por Lee Epstein y Eric Posner –If the Supreme Court Is Nakedly Political, Can It Be Just?– que en las últimas décadas el Tribunal Supremo ha acentuado su condición de órgano jurisdiccional “partidista”, al menos en los casos que tienen un perfil más claramente político: si se observan las decisiones en las que la votación de la sentencia ha sido muy apretada (5 a 4 o 5 a 3) se constata que el porcentaje de votos emitidos en la dirección “liberal” por jueces que fueron presentados por presidentes demócratas se ha disparado y lo mismo se puede decir con los votos “conservadores” de jueces propuestos por presidentes republicanos.

 

Como en casos precedentes (aquí puede verse lo que ha ocurrido desde la nominación del que fuera Chief Justice entre 1986 y 2004, William H. Rehnquist, en 1971), y en un proceso que comenzó el 4 de septiembre, la candidatura de Kavanaugh fue objeto de un intenso escrutinio público previo en el Comité Judicial del Senado, compuesto por 11 senadores republicanos y 10 demócratas, donde, además de comparecer oralmente el candidato en varias sesiones, se pudieron escuchar numerosos testimonios a favor y en contra.

Inicialmente, y al margen de las obvias consideraciones políticas siempre más o menos presentes en estas situaciones -estamos ante una persona que trabajó cinco años en la Casa Blanca para George W. Bush y que fue propuesto por este presidente para el cargo judicial que hasta ahora venía desempeñando-, la candidatura de Kavanaugh no fue objeto de especial cuestionamiento técnico; más bien al contrario: en su comparecencia ante el Comité del Senado, el reputado constitucionalista, profesor de la Universidad de Yale y declarado simpatizante demócrata, Akhil Reed Amar manifestó: “Brett Kavanaugh is the best candidate on the horizon… Kavanaugh has studied the Constitution with more care, consistency, range, scholarliness, and thoughtfulness than any other sitting Republican federal judge under age 60. He is the best choice from the long list of 25 potential nominees publicly circulated by President Trump. I say this as a constitutional scholar who voted for Hillary Clinton and strongly supported every Supreme Court nomination by Democratic Presidents in my adult lifetime”. No obstante, y también en un plano técnico, hubo quien cuestionó la interpretación que el juez Kavanaugh viene haciendo en materia de derechos reproductivos de las mujeres, derechos de los trabajadores, control de armas o protección ambiental; así lo hizo, por ejemplo, Melissa Murray, profesora de la Universidad de Nueva York; por su parte, Lisa Heinzerling, profesora de la Universidad de Georgetown, criticó con dureza las opiniones jurídicas del candidato sobre los poderes constitucionales del Presidente y el alcance de la separación de poderes.

En todo caso, el verdadero cuestionamiento de Kavanaugh se suscitó tras las denuncias públicas de varias mujeres: destacaron especialmente los testimonios de Christine Blasey Ford, que lo acusó ante el Comité Judicial del Senado, de haber intentado violarla en 1982, cuando ella tenía 15 años, y de Deborah Ramírez, que le atribuyó abusos sexuales. Y, en ese contexto, hay que añadir las críticas que recibió Kavanaugh por el fondo y la forma que empleó, también en el Comité Judicial, al responder a las acusaciones de Ford y que, a juicio de más de 2400 profesores de Derecho de todo Estados Unidos (algunos tan conocidos como Bruce Ackerman, Owen Fiss o Laurence Tribe) evidenciaron que no tiene la templanza e imparcialidad necesarias para formar parte del órgano jurisdiccional más importante del país, recordando las famosas palabras de Alexander Hamilton en The Federalist sobre la necesidad de que los jueces, como guardianes de la Constitución, ejerzan su función con integridad y moderación. No en vano, Kavanaugh publicó poco después un artículo en The Wall Street Journal defendiendo su neutralidad e independencia.

Que Kavanaugh haya sido, finalmente, nombrado no quiere decir que se haya “salvado” de forma definitiva: aunque el cargo es vitalicio cabría su destitución a través de un proceso de impeachment; en su día la eventualidad de que tal cosa sucediera provocó la renuncia del juez Abe Fortas.

Creo que tampoco cabe concluir  que sea trivial el “juicio público” que rodea estos nombramientos institucionales: Robert Bork, candidato de Reagan, fue rechazado en 1987 después de un intenso y áspero debate político, social y académico, dando paso a la mucho más “moderada” propuesta de Anthony Kennedy; George W. Bush aceptó en 2005 la retirada de la candidata Harriet Miers antes de su comparecencia en el Senado por las valoraciones especialmente críticas, también de parlamentarios republicanos, que había recibido su escaso bagaje técnico-jurídico.

Sí parece evidente la importancia que tienen tanto el perfil ideológico de la persona que aspira a ser juez del Tribunal Supremo como la circunstancia de que sea propuesto en un contexto político de “gobierno unificado” -el mismo partido está en la Casa Blanca y tiene mayoría en el Congreso o, al menos, en el Senado-: desde mediados del siglo XIX la gran mayoría de los nombrados han sido personas próximas al mismo partido que el Presidente que los proponía y el Senado ha confirmado el 90% de los candidatos cuando el partido del Presidente controlaba esa Cámara pero menos del 60% cuando la mayoría correspondía al otro partido. Todo ello es una muestra de que las designaciones judiciales, en especial para el Tribunal Supremo, se han convertido en una batalla política con grandes similitudes con las campañas para las elecciones parlamentarias y presidenciales. Pero llegados a este punto, cabe preguntarse, como hacían Epstein y Posner en el texto arriba citado, If the Supreme Court Is Nakedly Political, Can It Be Just?

Sobre los casos en los que ha participado como juez Kavanaugh puede verse este enlace de Scotusblog

Texto publicado en Agenda Pública el 6 de octubre de 2018.

Un pensamiento en “Un Tribunal Supremo más republicano (con Brett Kavanaugh).

  1. Pingback: KAVANAUGH EN EL TRIBUNAL SUPREMO. | MONSIEUR DE VILLEFORT

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