Jelo en verano 2018 (2): “Buenas noches y buena suerte” (libertad de información) y “El escándalo de Larry Flynt” (libertad de expresión).

En el segundo programa de Jelo en verano 2018 (se puede descargar) nos centramos, sobre la base de dos películas, en el comentario de las libertades de información y expresión.

En primer lugar, escuchamos un fragmento de Buenas noches y buena suerte, película del año 2005 dirigida por George Clooney, a partir de un guion propio y de Grant Heslov, e interpretada, entre otros, por David Strathairn, George Clooney, Robert Downey Jr.  y Patricia Clarkson. La película está ambientada en Estados Unidos durante los años 50 y se centra en los inicios del periodismo televisivo contando el enfrentamiento entre el periodista Edward R. Murrow, presentador de la cadena CBS, y el senador Joseph McCarthy.

Murrow, que despedía sus programas con la frase “Buenas noches y buena suerte”, se erigió en defensor de la independencia de los medios a la hora de ejercer funciones informativas, alertó -ya entonces- de la banalización de los contenidos y llamó la atención sobre el papel que están llamados a cumplir los medios de comunicación en una sociedad democrática. 

En palabras del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, a la prensa, y a los medios de comunicación en general, les corresponde ejercer la función de “perro guardián” dentro del sistema democrático y permitir que la opinión pública pueda controlar el ejercicio del poder público. Por eso, “cuando las autoridades nacionales adoptan medidas capaces de disuadir a la prensa de ofrecer información sobre asuntos de legítimo interés público, el Tribunal está llamado a ejercer un cuidadoso escrutinio de la proporcionalidad de tales medidas” (asunto The Observer y The Guardian c. Reino Unido, de 26 de noviembre de 1991, p. 59).

El segundo audio que escuchamos es un breve fragmento de la película horrorosamente titulada en España El escándalo de Larry Flynt  (The people vs. Larry Flynt es su título original), dirigida por Milos Forman en 1996 y protagonizada por Woody Harrelson,  Courtney Love,  Edward Norton y con un cameo del propio Flynt. 

En la película se narran, entre otras cosas, los avatares judiciales de Larry Flynt, fundador del emporio pornográfico Hustler; en particular el que suscitó el caso, resuelto por el Tribunal Supremo, Hustler Magazine v. Falwell, de 24 de febrero de 1988. En el número de noviembre de 1983 la revista Hustler publicó una entrevista simulada, en tono de parodia, con el reverendo Jerry Falwell: aprovechando la publicidad que se estaba haciendo de la bebida Campari, donde una serie de personas famosas contaban cómo había sido su primera experiencia al probar Campari, se ponía en boca del reverendo unas declaraciones en las que confesaba que su primera experiencia sexual, no con Campari, había sido con su madre, estando ambos ebrios, y se había desarrollado en unas letrina; en letra pequeña se añadía que era una parodia y que la entrevista no debía tomarse en serio.

A pesar de la advertencia de la revista, el reverendo Falwell, uno de los líderes de la autodenominada “mayoría moral”, se tomó muy en serio la broma y acudió a los tribunales con una demanda por difamación, lesión de la intimidad y causación dolosa de daños morales. En primera instancia se concluyó que no había difamación porque parecía evidente que lo allí narrado no se correspondía con la realidad pero sí se apreció causación deliberada de daños morales, algo confirmado por el Tribunal de apelación.

Para el Tribunal Supremo no cabía concluir tal cosa: en primer lugar, recuerda su jurisprudencia en virtud de la cual los personajes públicos, al igual que sucedía con las autoridades y cargos públicos, están sujetos a ataques vehementes, satíricos y, en ocasiones, muy ácidos y desagradables.

En segundo lugar, reitera que una persona con relevancia pública puede tener derecho a ser indemnizada por alguien que públicamente lesiona su reputación mediante declaraciones o informaciones difamatorias, pero sólo si han sido realizadas con conocimiento de su falsedad o con temerario desprecio hacia la circunstancia de si eran, o no, falsas.

En tercer lugar, el Tribunal Supremo pone de manifiesto la importancia de la caricatura, y de su necesaria protección en una sociedad democrática, pues, de otro modo, los caricaturistas políticos y satíricos estarían sujetos a responsabilidad por daños morales aunque no hubieran difamado a la persona representada. Y es que el arte del caricaturista no suele ser razonado o imparcial, sino mordaz y directo.

A continuación, el Tribunal vuelve a declarar que el hecho de que la sociedad pueda considerar ofensiva una expresión no es razón suficiente para suprimirla. Al contrario, si la opinión de quien la expresa resulta ofensiva, ello puede ser un motivo para que esté constitucionalmente protegida.

Parte de estas conclusiones se incorporarán al acerbo jurisprudencial europeo; por ejemplo al del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (pueden verse, entre otros, los casos Handyside c. Reino Unido, de 29 de abril de 1976, y Lingens c. Austria, de 8 de julio de 1986)

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