¿Guerra o terrorismo?

Hace menos de un mes -el 20 de octubre de 2015- ingresó en la Academia Asturiana de Jurisprudencia el profesor Roger Campione y lo hizo con una disertación titulada “Transformaciones del paradigma jurídico de la guerra. ¿Existe alguna guerra justa?“. En esa conferencia, el profesor Campione desarrolló varias ideas sobre las que viene trabajando desde hace tiempo y que están recogidas, entre otros estudios, en el libro El nomos de la guerra. Genealogía de la “guerra justa”.

Entre las cuestiones tratadas por Roger Campione, hay algunas que me parecen especialmente importantes en el contexto actual de los gravísimos atentados perpetrados en París y de las reacciones anunciadas por el presidente François Hollande; la más evidente es la constatación de que vivimos momentos donde ya no queda claro el paradigma de que la guerra es asunto militar, mientras que el crimen es cuestión de la que se ocupa el Derecho Penal; como consecuencia, se difuminan las diferencias entre el enemigo y el criminal y, por tanto, también el reconocimiento jurídico de ese enemigo; el paso final es difuminar también el concepto de enemigo y, a partir de ahí, dejar de considerarlo como sujeto de derechos.

Que el terrorismo, provoque una víctima o centenares de ellas, debe ser combatido es una obviedad moral, politica y jurídica; también lo es que con ese fin los Estados deben dotarse de un arsenal de instrumentos normativos y, si hace falta, adaptarlos a nuevas situaciones, algo que, por cierto, no ha dejado de ocurrir en los últimos tiempos, por citar algunos ejemplos, en Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia y España, tal como se puede ver en el libro Terrorismo, democracia y seguridad, en perspectiva constitucional, obra de varios profesores de la Universidad de Sevilla.

Lo que no me parece tan obvio es que sea acertado moral, política, jurídica e, incluso, estratégicamente acudir al concepto de “guerra” para definir la situación en la que estamos: ni el “estado islámico” es un Estado ni sus acólitos son “combatientes enemigos”; el primero es una organización criminal y los segundos son, pura y simplemente, terroristas.  Y si lo que se pretende con este lenguaje es crear el estado de opinión necesario para adoptar medidas como la limitación de derechos en el interior del país atendiendo a perfiles de raza o religión o a meras sospechas, o bombardeos que maten a “civiles” en el exterior, es probable que los que maquinaron los asesinatos de París -y los incontables que han venido perpretando en Irak, Siria, Libano, Yemen, Libia o Nigeria- piensen que ya han conseguido algo “para su causa”.

Sobre la legislación vigente en Francia en materia antiterrorista como modelo a preservar véase el texto del profesor Abraham Barrero Ortega en eldiario.es (16 de  noviembre); sobre la defensa del lenguaje de la guerra para definir la situación actual, el de Bernard-Henry Lévy “La guerra, manual de instrucciones“, en El País (17 de noviembre).

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