Pensamiento de grupo.

Irving L. Janis fue un relevante psicólogo norteamericano, profesor de la Universidad de Yale y, ya emérito, de la Universidad de Berkeley, que publicó varios estudios sobre los problemas sociales y políticos que genera el “pensamiento grupal” –Victims of Groupthink (1972), Decision Making (1977), Groupthink (1982),…-, continuando así una línea de investigación iniciada con los trabajos de autores como Bion, Lewin, Kelley…

Janis empleó las palabras “pensamiento de grupo” en un sentido similar a términos como “doblepensar” o “crimenpensar”, acuñados por George Orwell en 1984: con una connotación negativa; en particular, para referirse al deterioro de la eficacia mental, de la capacidad de contrastación de la realidad y del juicio moral que se producen en organizaciones colectivas como resultado de las presiones endogrupales.

Viendo cómo funcionan algunas organizaciones políticas de nuestro país no parece exagerado afirmar que el pensamiento de grupo goza, por desgracia, de muy buena salud, lo que no quiere decir que todo grupo cohesionado esté aquejado de esta patología, que, por otra parte, afecta también a personas bienintencionadas y que buscan lo mejor para la sociedad. Pero, ¿cuáles son los síntomas del pensamiento grupal y qué trastornos provocan en esa organización y en el entorno social y político?

En primer lugar, una cierta sensación de invulnerabilidad: si el líder y los integrantes del grupo toman una decisión o diseñan un plan, éste tendrá éxito sin duda, incluso aunque se trate de una decisión arriesgada, pues en ese caso “la suerte estará de nuestro lado”. Y es que los integrantes del grupo suelen ser reacios a evaluar críticamente los límites de su poder y las pérdidas que podría suponer un análisis erróneo. Además, tienden a considerar a las personas ajenas al grupo como débiles y estúpidas.

En segundo lugar, existe una ilusión compartida de unanimidad: quien lidera el grupo y los integrantes del mismo se respaldan exagerando las áreas de convergencia, al tiempo que se evitan divergencias que pudieran afectar a la unidad grupal. En palabras de Janis, es evidente que resulta mucho más agradable sentirse en una atmósfera balsámica que estar inmerso en una tormenta.

En tercer lugar, se procede de manera sistemática a la supresión de dudas personales: la unidad del grupo quedará preservada si sus miembros se autocensuran y callan sus reticencias por temor a ser considerados débiles o cobardes por los demás.

Es frecuente, en cuarto lugar, que florezcan los “guardianes de la mente”, los aplicados miembros que se esfuerzan en suprimir cualquier punto de vista alternativo, ejerciendo presión sobre los disidentes para que, cuando menos, éstos silencien sus opiniones críticas o escépticas.

Otro síntoma es la presencia de liderazgos presuntamente amables que manipulan la agenda del grupo o el orden del día de las reuniones para que no se presente la oportunidad de cuestionar las presuntas ventajas de un plan trazado de antemano e, inevitablemente, ganador.

Finalmente, pero no en último lugar, suele florecer, entre la mayoría del grupo, el tabú a enfrentarse a los miembros de la organización que son considerados valiosos, cuyas opiniones y puntos de vista gozan de presunción de veracidad.

Si todos o la mayoría de estos síntomas se presentan en una organización política el resultado es fácilmente predecible: tendremos una entidad dócil, adocenada, inoperante y proclive a tomar decisiones estúpidas, que, como tales, perjudicarán a la sociedad y al propio grupo que las promueve.

Con todo ello no pretendo decir que una organización política tenga que estar en efervescencia constante, sino que conviene adoptar métodos de organización y funcionamiento que hagan realidad lo de que, parafraseando el título de un famoso libro de James Surowiecki, cien son mejor que uno; por ejemplo: contando con una pluralidad de opiniones y puntos de vista; promoviendo la independencia de criterios, de manera que a priori la opinión de una persona no valga más que la de los otros miembros del grupo; asumiendo cierta modestia que evite la sobrestimación de las propias capacidades y conocimientos y la minusvaloración de las otras organizaciones,…, y todo ello al servicio de una serie de criterios y propuestas que permitan hacer de la suma de opiniones individuales una opinión común.

Quizá sea mucho pedir que, como reclamaba Albert Camus, exista un partido que integre a las personas que no están seguras de tener razón, pero, al menos, exijamos que se forme en cada uno de ellos una corriente de opinión de ese tipo.

Texto publicado en La Nueva España el 11 de abril de 2015.

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