El 15-M y los nuevos partidos.

En breve se cumplirán 3 años de la eclosión del Movimiento 15-M. Con esta perspectiva temporal cabría pensar que de aquel incendio apenas quedan algunos rescoldos que, aunque en momentos puntuales se avivan, en general permanecen controlados (Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Stop Desahucios, mareas ciudadanas…). Y es obvio que la estructura del sistema permanece intacta.

Ahora bien, si se leen las reclamaciones de Democracia real ¡ya! se verá que los objetivos no eran, en absoluto, anti-sistema: varias de las propuestas habían sido debatidas en ámbitos académicos y de reflexión y son demandadas desde hace tiempo por formaciones políticas integradas en el sistema (reforma del Ministerio Fiscal para garantizar su independencia, modificación de la Ley Electoral para alcanzar un sistema más representativo, reducción de los cargos de libre designación,…) e, incluso, por instituciones del propio sistema, como el Consejo de Estado (modificación de la Ley Electoral) o el Consejo General del Poder Judicial (cuestionamiento de la Ley Sinde)…

Lo que no estaba explícitamente escrito en aquellas proclamas era la aspiración a una toma de conciencia política por parte de la ciudadanía, la preocupación positiva por vigilar la acción de los poderes políticos y económicos y someterlos a la crítica, la resistencia contra medidas que amenazan la libertad y menoscaban recientes conquistas sociales y, en definitiva, el deseo de una forma diferente de autogobernarnos.

Sin embargo, algo de eso sí se ha conseguido y, además, en un plazo muy breve. Al mismo tiempo, y debe ser un aprendizaje importante, se ha constatado la complejidad de interactuar con otras personas por medio del debate, la necesidad de dedicar mucho tiempo y esfuerzo a la información y la reflexión, y lo fácil que resulta sucumbir al populismo entendido como la estigmatización permanente y compulsiva de los representantes; en definitiva, hemos experimentando la dificultad inherente a la toma de decisiones que nos afectan a todos.

Con todo, no parece un logro menor que en un país con la escasísima tradición democrática de España cientos de miles de personas asuman que, como dijo el propio Tribunal Constitucional, la calle no es solo un ámbito de circulación sino también un espacio para la participación política (STC 66/1995, F. 3); que muchas de esas personas dediquen tiempo, esfuerzo y dinero para impedir, por mencionar algunos ejemplos, los desahucios de familias sin recursos, el deterioro del sistema educativo o la privatización de la sanidad pública, o, simplemente, que se discuta de política, de economía, etc., en espacios públicos formales o informales.

Todo ello ha contribuido a superar lo que Hirschman llama las retóricas de la intransigencia: nada debe esperarse de la acción ciudadana porque o bien los cambios son imposibles (retórica de la futilidad) o bien se exacerbará lo que queremos transformar (retórica de la perversidad) o, incluso, se pondrá en peligro lo que sí querríamos mantener (retórica del riesgo). Por ello, y con todos los matices, creo que, parafraseando a Luther King, de esta época que vivimos no se recordará más el silencio de la buena gente que las fechorías de las malas personas.

En este contexto, ¿cómo han reaccionado los partidos políticos a críticas como no nos representan? En algún caso con el mero desprecio a esa censura o a quienes la formulaban; en la mayoría, coincidiendo en la letra pero desconfiando de los intérpretes y el modo de ejecutarla.

Pasado el tiempo, y asentada la insatisfacción por el discurrir de la acción política institucional, las cosas apenas han cambiado: seguimos con una Ley electoral que, entre otras cosas, favorece mayorías absolutas con poco más del 40% de los votos; no hay una auténtica Ley de partidos que garantice su democracia interna ni un mecanismo de financiación igualitario y transparente; no se han articulado reformas para favorecer la intervención directa de los ciudadanos en asuntos de gran relevancia política y social; ni siquiera se ha promovido el empleo de las fórmulas existentes (audiencias públicas en Parlamentos y Ayuntamientos, consultas ciudadanas…)

Es verdad que en el plano interno varias formaciones políticas (PSOE, IU, UPyD, Equo…) han asumido, de modo más o menos amplio, un sistema de primarias para la elección de cargos institucionales y/o internos. Ese paso necesario no es suficiente: además de la legitimación democrática –cosa no trivial- de los elegidos, hace falta 1) una relación continuada entre los órganos de dirección y la militancia y que ésta pueda participar de manera activa en la formación de lo que será en cada momento la voluntad del partido, incluso a través de consultas vinculantes; 2) la limitación temporal de la permanencia en los cargos orgánicos e institucionales para favorecer su renovación; 3) la celebración de congresos con más frecuencia que en la actualidad (en Alemania son obligatorios cada 2 años), garantizando la posibilidad real de los militantes de promover congresos extraordinarios; 4) la máxima publicidad y transparencia de los debates y votaciones: ¿por qué va a ser secreto el voto de un compromisario si ha recibido un mandato claro de un grupo de militantes para actuar en un determinado sentido?

Pero quizá la auténtica transformación que la ciudadanía espera de los viejos y nuevos partidos ( Podemos) es más hacia afuera que hacia dentro. Los partidos no deben aspirar a ser, en palabras de Gramsci, el “príncipe moderno”, los únicos autores e intérpretes de la voluntad del Estado. No cabe una democracia sin partidos –se llamen o no así- pero su relación con la sociedad debe cambiar; tienen que admitir que no todo está “en el partido” y que su gran contribución es que la voluntad ciudadana se convierta en voluntad del Estado. Para ello, la ciudadanía debe ser un actor “vigilante” en el sentido que postula Rosanvallon: un contrapoder articulado que mantenga las exigencias de servicio al interés general por parte de las instituciones. Por nuestra parte, los ciudadanos debemos ser conscientes de que un sistema político, por muy participativo que sea, albergará siempre una tensión entre el ideal y el logro. En definitiva, si queremos una nueva política todos necesitamos, como pedía Camus, no estar seguros de tener razón.

Texto publicado en Agenda Pública el 9 de febrero de 2014.

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